DAVID SANTALLA BARRIENTOS el hombre que convirtió la risa en memoria colectiva

• Por Bolivia’s Gentlemen

Hay artistas que pasan por el escenario. Y hay otros que se convierten en parte del escenario mismo, en la arquitectura emocional de un país. David Santalla pertenece a esta última categoría. Actor, humorista, dramaturgo, creador incansable de personajes y observador agudo de la cotidianidad boliviana, Santalla no solo hizo reír: construyó identidad.

Nació el 16 de agosto de 1939 en La Paz, en el seno de una familia marcada por la disciplina militar y la vocación de servicio. Su padre, el general Alfredo Santalla Estrella, participó en conflictos bélicos decisivos para Bolivia. Sin embargo, el destino del hijo no estaría en los cuarteles, sino en los escenarios. Durante su infancia parte de ella vivida en Chile, donde estudió en el Internado Nacional Barros Arana comenzó a desarrollar la imaginación fértil que lo acompañaría toda la vida. Inventaba voces, creaba personajes, transformaba la soledad en juego. Sin saberlo, estaba ensayando su futuro.

Aunque obtuvo el título de ingeniero civil en la Universidad Mayor de San Andrés, su vocación artística terminó imponiéndose. La radio fue su primera gran escuela. En emisoras paceñas experimentó con la imitación, el humor costumbrista y la observación social. A finales de los años sesenta, junto a Hugo Eduardo Pol, dio vida al programa “Alí y Babá”, espacio que marcó un punto de inflexión en su carrera. Poco después nacería “Santallazos”, sello propio que migró de la radio a la televisión y lo consolidó como uno de los humoristas más populares del país.

Su talento residía en algo más profundo que el chiste inmediato. Santalla entendía al boliviano: lo escuchaba, lo observaba, lo retrataba con ternura y picardía. A lo largo de su trayectoria creó más de cincuenta personajes, cada uno con matices sociales reconocibles: Toribio Waca Tocori Auqui Auqui, el soñador persistente; Don Enredoncio, el inconforme entrañable; la Imilla Salustiana, chispeante y cercana; Doña Liboria, inspirada en su propia abuela. No eran caricaturas vacías: eran espejos. Y en ellos el público se reconocía.

El teatro fue su territorio natural. Recorrió Bolivia durante décadas con su compañía, llenando salas y plazas, celebrando aniversarios artísticos y manteniendo viva una tradición de humor escénico profundamente local. Su capacidad para sostener temporadas, reinventar textos y dialogar con nuevas generaciones habla de una disciplina admirable y de una ética de trabajo constante.

En el cine también dejó huella. Participó en producciones emblemáticas del audiovisual boliviano como Chuquiago y, de manera particularmente recordada, en Mi Socio, donde su interpretación de Don Vito aportó humanidad y cercanía a la narrativa. Su presencia en pantalla confirmaba lo que el público ya sabía: Santalla no actuaba personajes, los habitaba.

Los reconocimientos acompañaron su trayectoria: premios culturales, distinciones oficiales y homenajes institucionales. Sin embargo, su mayor galardón fue siempre la permanencia en el imaginario popular. Durante más de cinco décadas sostuvo una relación directa con su audiencia, construida desde el respeto, la autenticidad y una profunda conexión emocional.

Los últimos años no estuvieron exentos de desafíos. Problemas de salud y una dura batalla contra el cáncer pusieron a prueba su fortaleza. Aun así, regresó a los escenarios siempre que pudo, anunció nuevos proyectos y defendió su oficio con la misma pasión de sus inicios. Nunca dejó de ser actor. Nunca dejó de ser creador.

David Santalla falleció el 21 de febrero de 2026, a los 86 años. Su partida generó una conmoción transversal. En teatros, hogares y conversaciones cotidianas emergió la certeza de que se iba mucho más que un comediante. Se despedía un testigo privilegiado de la transformación social boliviana, un cronista del humor, un constructor de memoria afectiva.

En tiempos en los que la inmediatez domina la cultura, la trayectoria de Santalla recuerda el valor de la constancia y del compromiso con el público. Su legado no se limita a los archivos audiovisuales ni a los aplausos acumulados: vive en cada frase repetida, en cada personaje citado, en cada risa que aún hoy se evoca.

Porque si algo entendió David Santalla es que la risa no es evasión. Es resistencia. Es identidad. Es comunidad.

Y en esa comunidad de memoria compartida, su voz seguirá resonando.